|
No siempre la tarde
era una tarde en primavera
flirteaba rosas y celestes
pariendo flores
que ciegas podían ver lo invisible
-nadie impidió las plagas
que urgieron siglos y milenios
las paredes del verano
por venir entonces-
y lo invisible estalló en anuencias
que quedaron atrapadas
-hacía tiempo
quien sabe-
en las sacras hornacinas
llenas de alucinaciones
de ideas campestres y soledades
porque la muerte ensambla el navío del futuro
accesible a los dioses que no existen
siempre y nunca carecen de prestigio
se estampan en la nada
devienen primavera.
|